La tristeza
La tristeza nace por un sentimiento de pérdida, algo que considerábamos
bueno y familiar en nuestra vida desaparece. La pérdida puede afectar al plano
afectivo, laboral o de la salud (separación, muerte, enfermedad, pérdida de empleo, un proyecto perdido…)
En el primer momento de la pérdida o de la noticia de que esta se va a
producir, la persona suele sentirse injustamente atrapada en una cárcel absurda
y busca una explicación para su desdicha. ¿qué he hecho yo para que me pase
esto?
Algo de fuera desencadena como respuesta una serie de sensaciones
físicas. Combinando patrones de conducta innatos y adquiridos (también
aprendemos a cómo es estar tristes)
Desde una tristeza leve hasta una depresión grave existen una
clasificación de síntomas:
Alteraciones del ánimo: pesimismo, autodesvalorización, sentimientos de culpa
Inhibición psicomotriz: sensación de cansancio físico y mental
Apatía: física o intelectual, falta de interés por realizar actividades
gratificantes
Duelo como proceso de asimilación
En Psicología hablamos de duelo como un proceso que sucede tras la
pérdida y que suele definirse por una serie de fases orientadas a
reconciliarnos con la pérdida.
Rechazo inicial
Autocompasión
Rebelión
Aceptación
En un principio la emoción de la tristeza es muy intensa, pues resulta
difícil racionalizar lo sucedido. Pero el duelo no es más que un periodo de
asimilación para darnos cuenta de lo ocurrido y utilizarlo a nuestro favor.
Reprimir o ignorar el sentimiento de pérdida y todo el abanico de emociones que
ello nos provoca (negación, ira, autocompasión, culpa,…) no evita el
padecimiento ni el dolor, es más, puede terminar por alterar la conducta y
provocar una infelicidad permanente
Desde que sucede la pérdida hasta que se logra su aceptación solo caben
dos desenlaces:
Mantenerse por tiempo indefinido en situación de víctima (duelo
patológico)
Proyectar una mirada distinta sobre uno mismo y los demás
El ser humano necesita adaptarse a la nueva situación y por
eso la tristeza es una emoción que lleva al recogimiento y a la retirada, que
disminuye la energía vital, para poder centrarnos en lo prioritario que
mantiene nuestra vida y volver a cargar las pilas para salir al mundo.
La tristeza se convierte en patológica cuando no le
encontramos ningún sentido, ningún aprendizaje, o nos quedamos enganchados en
la autocompasión “por qué a mí” o nos resistimos a vivir sin el objeto perdido
o nos enganchamos al sentimiento de culpa “si hubiera”
Todo lo que nos sucede nos sirve para aprender, conocernos
y crecer como personas, por muy duro y doloroso que sea, todo puede enfocarse
como una oportunidad para crecer y explorar dentro de nosotros aspectos que no
conocíamos. Conservar la alegría y apreciarla en los momentos de tristeza es
muy importante y debemos permitírnoslo.
Como he señalado, en psicología hablamos de duelo, se ponen
fechas,… y se habla de superación, pero la mayoría de las personas que pierden
un ser querido, no llegan a aceptarlo nunca e integran a esa persona dentro de
sí, conversan, le piden consejo e incluso hacen cosas para esa persona… esto no
significa no tener superado el duelo, ni estar en un duelo patológico, hay
cosas que nunca se superan, lo sano es que podamos orientarnos de nuevo hacia
la vida y que podamos vivir con el recuerdo de los que han ido en nuestro
corazón como un bálsamo, no como un peso.
Detener los pensamientos negativos de la tristeza y la
melancolía, las culpas, las ganas de entender…es importante para gestionar la
tristeza. No luchar contra ella y dejarla estar y a la vez permitirme transitar
por otras emociones. Pero respetarnos y pedir respeto a los demás en los
momentos tristes es necesario. No forzarnos ni dejar que nos fuercen. Es un
proceso, lleva su tiempo y la tristeza, como todo, pasará. Tenemos capacidad de
resiliencia. Hasta en los paisajes áridos podemos encontrar la belleza. En los
momentos duros está el maestro, es necesario saber verle y escucharle.